domingo, septiembre 14, 2008

Mexicanos ¿al grito de guerra?

Las cosas que tiene la vida. Durante muchos años me he preguntado dónde radica la mexicanidad, y lo he hecho sin encontrar una respuesta que satisfaga mi anhelo, mi duda. Sé que puede considerarse un sitio común señalar que mi inquietud se reveló en el momento mismo en que puse mis manos sobre el Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, su secuela Vuelta a el Laberinto de la Soledad y Posdata. Sin embargo, su lectura me dejó un hueco imposible de llenar. Siempre creí, me imagino que al igual que mucha gente, que la cuestión cultural dominaba todo el panorama y resultaba sino inútil, sí fútil, cuestionarse dónde radicaba la mexicanidad. Ese sentimiento inculcado durante generaciones en el corazón mismo de la Ciudad de México, en sus calles y plazuelas, delegaciones y monumentos históricos. Culto iniciado para construir una identidad, un motivo consensuado, una meta común. No obstante, y rememorando mis experiencias, nunca sentí que cantar el himno o tener "honores a la bandera" me otorgara una conciencia nacionalista. Algo totalmente contrario a lo que pienso en la actualidad. Claro, supongo que es la edad. Descartar lo obvio y la supuesta imposición de conceptos manejados por generaciones anteriores, se debe posiblemente, a una cuestión de inmadurez.

Por otro lado, es bastante curioso que al día de hoy, exista más de una persona (Juan Villoro en el Reforma y Agustín Basave en el Excélsior) que se haga exactamente la misma pregunta, la cual cité al principio de este post, y cuya contestación va hilvanándose con elementos que sólo conjugan un porqué a medias, desvirtuándolo y de esa manera, calificándolo un poco menos que "iletrado", y que a fuerza de pertenecer, se crea a sí mismo como empírico, a priori. Y tal vez es allí dónde radica la mexicanidad: en lo inmediato, en lo breve, en lo espontáneo; pero asimismo, en lo inexacto, inestable, incoherente e inconstante. Probablemente la mística de este concepto sólo vive en el corazón de lo superficial, de lo extraordinario, en aquello que Paz describió como "una explosión de fuegos de artificio" (Paz Octavio, Laberinto de la Soledad, Fondo de Cultura Económica, México, D.F. , 1992. 18p.). Sensación que vive únicamente durante una noche al año para permanecer dormida 364 días, soslayando comicios presidenciales, fraudes electorales, robos, inflaciones, corrupción, huracanes, derrotas en los Juegos Olímpicos, impunidad, marchas, clientelismos, secuestros, pobreza, delincuencia, líderes sindicales/charros y abusos de autoridad.

Gritar el 15 de septiembre no es hacer patria
Muchos connacionales poseen la firme creencia en que comer elote, gritar ¡Viva México!, apretujarse en el Zócalo con la masa durante las festividades que arrancan gritos y vítores en un país que primordialmente permanece católico-guadalupano, que sufre tristezas, gloria y decepciones de su selección de fútbol, que justifica su agresividad-pasividad por las condiciones y calidad de vida, que mienta madres cuando siente impotencia, que vive una crisis monetaria constante, una decadencia continua de sus instituciones, amén de la pervivencia de una corrupción e impunidad infernal-oficial, natural, cotidiana y permisible; creará un nacionalismo innato. Además que gustan pensar que todo está dado para que ello ocurra de manera natural. Tierra hospitalaria, donde las familias más acudaladas del orbe se despojan de sus tapujos y se "reconocen" como mexicanos, donde la mayoría de los ciudadanos abandonan suelo patrio para buscar nuevos y mejores horizontes en naciones extranjeras, sencillamente porque aquí no hay nada para nadie, a menos que uno esté dispuesto a tomarlo "a fuego y sangre" (obviamente de otros), territorio azteca donde el narco-político-empresario que lo consume todo, se abraza de sus hermanos secuestradores, patria donde la vida -de los demás- "no vale nada", pues el objetivo ulterior no es sumar, sino dividir. Ganar a costa de todo y todos, donde no importa si eres iletrado, estrellita oligofrénica de televisa, si eres torpe, nauseabundo, sobornable, naco porque eres nuevo rico ó plácidamente eres un idiota declarado, pues lo único deseable son los beneficios, la fama y notoriedad barata (aunque sea sólo por dar de qué hablar gracias a noticias de telebasura con tendencias amarillas y/o rojas) que brindan los medios de comunicación.

Me pregunto ¿Qué celebramos? ¿Tenemos que hacerlo? ¿A quién le gritamos los vítores y hurras? ¿De verdad somos una nación? ¿De verdad estamos dispuestos a unirnos sin miedo al que dirán los otros, esos mismos que nos aplastan y nos condicionan, incluidos presidente legítimo y espurio, gabinete, partidos políticos, legisladores, funcionarios y burócratas de baja estofa? ¿De verdad queremos sobrevivir como nación o simplemente nos da igual y lo que queremos realmente es que nos dejen vivir en paz, sin participar, sin molestarnos en incluirnos en la vida de todos los demás, solamente por comodidad?

Para comprendernos como país debemos entender a los otros, comprenderlos, apoyarlos é incluirnos, no simplemente ignorarlos, ni ejerciendo nuestra negligencia y omisión en una torpe imitación de tolerancia y civilidad. Discernir a esos "otros", a todos aquellos que construímos, con la mera existencia, este mosaico cultural, étnico, religioso, político y social. Ser mexicano debería ser un resultado de sumas, multiplicaciones, no una sustracción constante y permisiva.

Triste pero cierto
En mi memoria persistirán dos imágenes. Una en forma de metáfora: Existe un árbol lleno de manzanas, si un grupo de gringos está debajo, seguramente alguno de ellos construirá una escalera, instrumento que algún otro patentará, pero que al final se usará para que todos ellos vacíen el árbol. El resultado final es que nadie se quedará sin manzanas. Si sucede que el árbol está rodeado por japoneses, veremos como se reúnen, organizan, forman una pirámide humana, la cual servirá para que todos ellos bajen los frutos, y nadie se quedará con hambre. Al contrario, si es un grupo de mexicanos, el manzano no tendrá nada que temer, pues la idiosincrasia de este pueblo es tal, que todas las manzanas se pudrirán en la copa del árbol, y aunque llegaran a caer al piso, todos morirán de hambre. Ninguno de ellos permitirá que sea "otro" y no él mismo, el que tome algo que considera como propiedad personal. La otra imagen que tengo se centra en un dicho muy difundido en suelo norteamericano: "¿Quieres acabar con el trabajo y avance de un mexicano? Sólo necesitas ponerlo al lado de otro mexicano ".

Necesitamos repensar y reconsiderar nuestro nacionalismo, es imprescindible reconstruirlo, a pesar del desgaste malicioso al que fue y sigue siendo sometido desde hace décadas. No todo puede ser fiesta y jolgorio, agresión y palurdismo, no podemos flotar por allí sin responsabilidades y obligaciones, y será hasta entonces, cuando asumamos con madurez nuestro entorno, nuestra realidad, que podremos convertirnos en lo estamos llamados a convertirnos: el mejor pueblo del mundo.

Creo que la manera óptima durante este año para demostrar nuestra mexicanidad, será construyendo un frente común, un movimiento civil (y no me refiero a AMLO y su FAP) que tenga entre sus planes, acciones conjuntas contra la impunidad, delincuencia, corrupción y abuso por parte de todos aquellos que transgreden y sangran la vida de todos nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, esos mismos que luchamos diariamente por mantener viva esta idea que llamamos México.

Y lo siento pero no hay de otra: ¡Viva México cabrones!

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