domingo, marzo 27, 2005

Chilangadas

¿Cuándo un nativo de provincia deja de ser fuereño y se convierte en chilango? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que ese proceso ocurra? ¿Años, meses, días, horas?
Si por cada uno de los individuos que migran a esta ciudad se pagara un peso, pues la eterna deuda externa no existiría. Para mostrar un ejemplo que subraya la rotunda pérdida de dignidad se haya Andrés Manuel López Obrador (AMLO), no tenía los cinco años requeridos para postularse al cargo que ahora ostenta. Sin embargo, ahí lo tienen. Ya es chilango. Por otro lado ¿Por qué las personas que van a Nueva York, no bien llegan a allá inmediatamente tratan de acoplarse al ritmo de vida -sin perder su identidad- y se dicen neoyorquinos? Y no me refiero nomás a nosotros como mexicanos, sino al promedio de la gente. Entonces, si hay personas que vienen fuera de esta "megaurbe" -en especial del norte de este país- y se sienten "la última coca del planeta" -cosa auténticamente estúpida y ridícula, ya ni los argentinos de Buenos Aires hacen eso- ¿Qué les da el derecho a quejarse amargamente de las cosas aquí? Digo, se quejan hasta de las tortas de tamal. Uno va para allá y señala cosas que están chuecas y nomás hacen su carita de fierecilla -"Pinche Chilango"- mientan por lo bajo. Obviamente, hay cosas por las cuales vale la pena inconformarse.
Yo soy chilango. A mucha honra. Tal vez, algunos de los elementos fundamentales para convertirse en un "defeño", entre otras cosas, sean por un lado: Uno, la ascendencia por generaciones en esta entidad. Dos, gracias a la migración de antepasados que llegaron a la Ciudad de México y cuyos vástagos son resultado de un mestizaje.
Lo que verdaderamente me enerva es la actitud de perdona vidas de la gente del norte. Es tan molesto encontrarse con ese tipo de individuos. Claro, hay de todo en esta vida, no todos son iguales, no todos vienen "en son de guerra"; pero entonces ¿Porqué ese afán destructor?
Esta actitud sólo produce tristeza.
Hace algunos ayeres me fui a rolarla por la tierra de los nipones. Dije -Pues que caray ¿Por qué no? En la ciudad de Tokyo existían en ese entonces dos antros de "música latinoamericana". Uno se llamaba Salsa Caribe y otro llevaba por nombre Salsa Sudada. En fin, yo acudí al Salsa Caribe una noche de viernes. Y pude constatar que el dueño del lugar -un cubano, creo- había pegado a la entrada de su negocio una pequeña placa que decía más o menos así: ["Aquí no eres argentino. No eres cubano. No eres peruano. No eres chilango, no eres de Jalisco. Aquí eres latinoamericano, compórtate para que las demás culturas que nos visitan vean de qué estamos hechos, quienes somos"]
Parece ser que es indispensable vivir una experiencia como viajar a otro país -y no me refiero a gringolandia- para que aprendamos a vernos desde fuera y así comprender lo extraordinarios que somos como raza, como individuos, como nación. Para que comprendamos que lo verdaderamente esencial para avanzar económica, social y educativamente hablando es: la Unión.
Diría mi madre: -¡Ay hijo, tu sólo piensas puras utopías!
-Sí mamá, pero ya ves, sin utopías no hay vida.

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